El periodismo. Una profesión con dudoso futuro

Jan 24 2012

Hoy es San Francisco de Sales, patrón de los periodistas. ¿Cuál es la situación actual de esta profesión?

El periodismo es hoy una de las profesiones con mayor intrusismo laboral, con mayor índice de paro, con mayor porcentaje de fracaso matrimonial -o de convivencia en pareja, entiéndase-, con una proporción más baja de horas trabajadas/sueldo, con mayor índice de profesionales asesinados o secuestrados en el mundo. Sin embargo, hace poco una encuesta consideraba al de los periodistas como el segundo colectivo al que los ciudadanos reconocen un mayor índice de profesionalidad (51,2%)…

Los medios de comunicación pierden a zancadas su independencia en función de intereses políticos y comerciales. Cada vez más a menudo, utilizan el copy/paste de manera indecente para generar el mayor número de contenidos online posible sin atender a la calidad de redacción, emplean a profesionales no cualificados para cargos de alta responsabilidad para ahorrar en detrimento de la calidad del texto, y, en consecuencia, las erratas son cada vez más comunes porque la figura del corrector desaparece de las redacciones y de las cuentas de gasto.

 

Leed y sed críticos, por el bien de la libertad de información y del derecho a ser informados.

 

 

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#microfinanciamos, la jornada de crowdfunding gratuita propuesta por el proyecto BlackBox_Innova

Jan 03 2012

BlackBox_Innova es un proyecto con sede en Murcia que se presenta como un laboratorio de experimentación e I+D de la gestión cultural, y una de las líneas de trabajo que desarrollan sus integrantes es la que tiene que ver con las transformaciones que está viviendo el modelo de financiación de la cultura.

En este sentido, han puesto en marcha la jornada ‘Crowdfunding o la financiación colectiva’, en la que los participantes “podrán conocer de primera mano los secretos de esta revolucionaria forma de financiación y su aplicación en ámbitos tan distintos como la pequeña y mediana empresa, el desarrollo de proyectos culturales, la cooperación internacional o la puesta en marcha de proyectos de código abierto”.

 

Jornada Crowdfunding o la Financiación Colectiva

La asistencia a la jornada es gratuita, aunque por motivos de organización es necesario confirmar asistencia a través de un formulario que encontrarás en la web de BlackBox_Innova. También puedes encontrar toda la información en el grupo de Facebook de la jornada.

 

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Entrevista para ADICREA

Jan 02 2012

Hace aproximadamente un año, meses después de que ‘El diestro’ obtuviera el Premio Clarín de Cuento, la Agencia de Desarrollo de las Industrias Creativas de la Región de Murcia (ADICREA) se interesaba por ello y me proponía una entrevista. En ella debía contar un poco acerca de mi formación en literatura, y opinar sobre el sector editorial, dentro de mis conocimientos, en la Región de Murcia. Así que les di mi humilde opinión sobre el funcionamiento de las editoriales, su labor de difundir obras de autores locales, y el momento que atravesaban (y atraviesan) los sellos independientes. Esta opinión la ofrecía en función a los conocimientos adquiridos gracias a la serie de entrevistas que he ido haciendo en los dos últimos años, y tras la fallida puesta en marcha del proyecto literario Textos del Novosaurio. El problema en este caso, y para variar, fue la nula viabilidad económica.

Entrevista a Trifón Abad. Premio Clarín de Cuentos 2010 from ADICREA on Vimeo.

Pasó otro par de meses desde la entrevista, en febrero de 2011, cuando me informaron que la fundación era una de las entidades que se veían afectadas por los recortes de la Administración del Gobierno de la Región de Murcia. Entre las funciones suprimidas se encontraba, precisamente, la dirigida a “Acciones de apoyo a la difusión de los artistas y sus obras”. Por esto, la entrevista no salió a la luz en su momento. Ahora, un amigo la ha encontrado en Vimeo y me la ha enviado. No sé lo que durará en el aire, pero ya que está disponible, me veo autorizado para enlazarla aquí.

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Entrevista a Javier Moreno (escritor)

Oct 18 2011

“La escritura es un viaje a lo
desconocido. No me gusta hacer
planes para viajar ni para escribir”

Javier Moreno (Murcia, 1972) es el autor de una novela de difícil clasificación y sencillo disfrute. Impactante, ágil y adictiva, ‘Alma’ está cosechando a partes iguales alabanzas de la crítica y muecas de sorpresa por parte del lector. “Las palabras más usadas son impacto, conmoción o fascinación, como si en lugar de una novela hablasen de un accidente. En realidad supongo que esta novela es una especie de accidente donde descarrilan las expectativas de muchos lectores”, escribe desde su retiro estival de Cabo de Palos. Por Trifón Abad

 


Trifón Abad: ¿No te sientes un poco desnudo, como con el alma en carne viva, después de haber escrito una novela tan íntima?

Javier Moreno: Toda escritura autobiográfica consiste en un doble juego, en mostrar ciertas cosas y escabullir otras. Alma, es cierto, es de alguna manera un ejercicio de desnudez, pero no solo biográfica sino intelectual y estética. Descubrí que al desnudarme aparecía no solo mi piel sino la de unos personajes. Alma es una prueba más de que la ficción y la realidad pactaron entre sí una especie de principio de indeterminación. Ninguna de ellas puede aparecer en estado puro sin que asome algo de la otra.

TA.: Para Aristóteles “el alma es aquello por lo que vivimos, sentimos y razonamos primaria y radicalmente”, da la sensación de que el estilo de esta novela responde a algo que se asemeja a la última idea: un razonamiento primario, radical, que conecta en muchos aspectos con una identidad universal. ¿Crees que es una de las causas que hacen que la novela funcione tan bien?
JM.: Estoy de acuerdo. Esta novela habla de alguien concreto, singular, pero también refleja una subjetividad con la que puede identificarse el común de los mortales. Creo que a cada época -estoy generalizando y, por tanto, mintiendo- le corresponde un modo de subjetividad. Alma propone un modelo, entre otros, con el que muchos lectores se han sentido identificados. Este que habla -y que narra- soy yo, es una sensación compartida -y confesada- por muchos lectores tras acabar la novela. Alma funciona a modo de espejo contemporáneo que sirviera para reflejar subjetividades más o menos desorientadas.

TA.: ¿Qué autores te sirven de inspiración? ¿Y qué opinión te merece ese término?
JM.: Leo casi de todo. Me interesa la literatura, pero también la ciencia, la filosofía y el arte. Intento que todo ello conviva de manera pacífica y armónica en mis libros. La inspiración es un término demasiado vago. Uno no sabe si los autores que más le interesan son los que más le influyen. Probablemente no sea así. Me dejo contaminar -literariamente- por casi todo.

 

TA.:¿Ha generado en ti una transformación la escritura de ‘Alma’?
JM.: Sí, supongo que sí. Toda escritura transforma de alguna manera (al escritor y, sería de esperar, al lector). En el caso particular de Alma la implicación ‘personal’ ha sido mayor que con otros libros. Ha sido transformador y, al mismo tiempo, liberador.

TA.: Sin perder en el trasfondo la textura puramente discursiva del texto narrativo, y a pesar de tener una trama de fondo, ‘Alma’ se percibe como una suma de pinceladas líricas y pequeños relatos interrumpidos por el argumento, ¿cómo definirías su género?
JM.: Hay una tradición que arranca de los hypomnémata griegos (libros de anotaciones sobre cuestiones biográficas, pensamientos, diálogos ficticios, etcétera) y que se ha prolongado a lo largo de los siglos. El libro de la almohada de Sei Shônagon, Tropismos de Nathalie Sarraute, o Autorretrato de Edouard Levé serían libros que irían en la misma dirección. Se trata de una escritura miscelánea que prima el detalle, lo aparentemente anecdótico, los pequeños movimientos y percepciones que conforman la memoria y la vida. Un género, solo en apariencia, nada literario.

TA.:Da la sensación de que esta obra no ha sido trabajada pensando en el público, en la crítica, ni siquiera en la tradición literaria posmoderna o experimental. Sino más bien parece como una especie de cuenta saldada por el yo enunciador consigo mismo…
JM.: Puede ser. Se trataba de crear un artefacto que, lejos de la narrativa inocua que, con mayor o menor acierto, no tiene más pretensiones que el mero entretenimiento, buscase la conmoción, una respuesta emocional que comprometiese al lector con el autor, como la que liga a quien cuenta un secreto y a quien lo escucha. Creo que la mezcla de pornografía (no en el sentido sexual sino en el de mostrar lo que normalmente se mantiene oculto: ciertas emociones, ciertos pensamientos…) y exigencia estética es una de las claves para producir en el lector esa sensación que muchas veces suscita agradecimiento.

TA.: ¿Cómo compararías el ejercicio de la escritura con la experiencia de viajar?
JM.: Tienen muchísimo que ver. Toda escritura ha de ser un viaje a lo desconocido. No me gusta hacer demasiados planes a la hora de viajar. Tampoco a la hora de escribir. El azar tiene un componente inevitable de aventura del que me resulta imposible prescindir.

TA.: Dices que te obsesiona el paso del tiempo. Si pudieras desplazarte a través de los siglos, ¿a qué civilizaciones o ciudades, de las que se conserven vestigios, te gustaría pertenecer?
JM.: Probablemente a Roma. Siempre fantaseé con ser un legionario romano. O un hoplita a las órdenes de Alejandro Magno. Una mezcla de espíritu civilizador y aventurero.

TA.: ¿Podrías recomendar al lector un destino ideal para leer ‘Alma’?
JM.:  Cabo de Palos me parece un buen lugar. Tranquilidad, hermosas calas y una interesante historia de naufragios. El del transatlántico italiano Sirio, por ejemplo, ocurrido en 1906, es uno de los mayores documentados en nuestras costas. Un pueblo encantador y de quietud zen desde el que contemplar la vorágine de La Manga.

Entrevista publicada en el número cero de la revista física y online  Slow21

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Entrevista a Marcos Giralt Torrente

Sep 20 2011


 

He disfrutado buscando el equilibrio entre la intensidad del cuento y la profundidad de la novela”

Después de ‘Tiempo de vida’ (Anagrama, 2010) Marcos Giralt Torrente se aleja de la voz que narra sobre sí mismo y de sus circunstancias personales lanzándose premeditadamente a la ficción como desfogue. El resultado un libro de cuentos titulado ‘El final de amor’ (Páginas de Espuma, 2011). Se trata de cuatro ejercicios que oscilan con maestría entre las cualidades propias del relato y de la novela. Crudos, intensos y de gran actualidad respecto a la naturaleza de las relaciones personales, los cuatro textos componen el libro ganador del II Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero

 

 

Trifón Abad: El narrador de ‘Nos rodeaban palmeras’, la narración que abre el libro, parece darse cuenta del desencuentro precisamente al rodearse de un espacio nuevo y amenazante, y a la vez al compararse con otros. ¿Es quizá esa lejanía de lo cotidiano y rutinario lo que nos hace no prolongar las relaciones?
Marcos Giralt Torrente: Las estadísticas dicen que es en verano cuando se separan más matrimonios, cuando se deja de trabajar y se convive más horas. No sé si es la lejanía lo que prolonga las relaciones, en realidad en mi caso situar a la pareja con esa trama en una isla fue una decisión puramente técnica. Quería fijar la mirada en una instantánea, hacia ese momento en el que una pareja se aleja, aunque no necesariamente para siempre. Todas las parejas pasan por situaciones así, ya sean segundos, días, semanas, meses o años. O para siempre. Son situaciones de incomunicación en las que uno intenta hacer todo lo posible para agradar al otro y sin embargo la caga. La isla me servía para exagerar la situación.

TA.: Ha mencionado a Willa Cather y Alice Munro como algunas de sus influencias directas. La segunda incluso aparece mencionada en el cuento ‘Joanna’. ¿Le ha servido para arrojar una mirada más totalizadora sobre el universo del amor, el tomar una perspectiva femenina sumada a su experiencia como hombre?
MGT.: Los cuentos son de intención deliberadamente clásica, y he utilizado referentes muy variados. Es cierto que el segundo de los cuentos podría emparentarse con el estilo de Willa Cather, y el tercero con ciertos personajes adolescentes de Alice Munro, pero también creo que el cuarto podría relacionarse con algunas narraciones de aprendizaje de Richard Ford, como Incendios (Anagrama, 1991). Son escritores muy variados y de épocas diversas, pero me gusta hacer guiños a autores que han cultivado el cuento. Es cierto que disfruto de la literatura de muchas mujeres, y de hecho, sin ninguna duda, considero a Alice Munro uno de los escritores contemporáneos más destacados. Si me pidieras que escribiera en un papel los cinco autores vivos más importantes, estaría en la lista. Pero no estoy seguro de que me hayan ayudado a enriquecer o a comprender mejor el universo femenino. He vivido en un mundo más femenino que masculino, soy hijo único, no tengo hermanos y mis padres estaban separados. En mis ficciones anteriores siempre ha habido personajes femeninos de peso.

 

Quería fijar la mirada en una instantánea, hacia ese momento en el que una pareja se aleja, aunque no necesariamente para siempre. Todas las parejas pasan por situaciones así, ya sean segundos, días, semanas, meses o años. O para siempre.

 

TA.:¿Son las etapas de desamor especialmente creativas?
MGT.: Lo cierto es que, desde que me abandonó mi primera novia, no he vuelto a vivir una etapa de desamor. Llevo veinte años con mi mujer. En cualquier caso soy muy reacio a apoyar esa visión atormentada que cree  que el artista para crear tiene que pasar hambre, frío, no dormir y ser desgraciado en el amor. Opino que si tienes dinero, una casa cómoda y te quiere tu mujer, las condiciones para crear son muy favorables (risas).

 

TA.: Decía en una entrevista que “la novela es un género ambicioso, que tiene la pretensión de abarcar todo un mundo y contenerlo mientras el cuento se conforma con ser una viñeta”… sin embargo los cuatro cuentos de ‘El final del amor’ son extensos, quizá porque rescatar las discrepancias de las relaciones personales exigen una profundidad extraordinaria…
MGT.: No recuerdo esas palabras, pero si las has leído es porque estarán por ahí, así que aprovecho para corregirme. No creo que el cuento sea una mera viñeta exactamente, sino que es un instante revelador de una totalidad más compleja que lo supera. Mientras la novela tiene por fin abarcar la totalidad, el cuento es incapaz de hacerlo pero pretende insinuarla a través de una epifanía, por llamarlo de algún modo. Está claro que un cuento de cinco páginas, otro de quince y otro de treinta y cinco no son lo mismo, y estos cuentos que componen el libro son del tercer tipo. De hecho si fueran un poco más largos se acercarían mucho a la novela. Esto me permite jugar con más elementos, lograr mayor profundidad en los personajes, así como en las atmósferas. Uno de los placeres que me ha procurado este libro ha sido poder trabajar con holgura en estos aspectos, alcanzar así cierta profundidad que es habitual en la novela.

 

 

TA.: En efecto, el equilibrio entre la densidad de la novela y la intensidad característica del cuento es uno de los aciertos del libro
MGT.: La novela te permite perder intensidad, y el lector puede incluso “dormirse” durante treinta páginas sin perder el hilo o lo sustancial de la obra, mientras en un cuento si te pierdes tres páginas, puede que te estés perdiendo el cuento entero. He intentado no perder la intensidad propia del género corto, aunque lógicamente es menor a la de un cuento de cinco páginas, buscando ese punto intermedio para recrearme en ciertas florituras y aspectos ajenos a la senda que es la trama de cualquier narración.

TA.: Sin duda autores cuyas novelas han sido bien recibidas por la crítica, como es su caso, abren los ojos a los escépticos que consideran al cuento un género menor. ¿Cree que el cuento está comenzando a obtener el lugar que se merece dentro de nuestra literatura?
MGT.: Creo que afortunadamente es así. Cuando publiqué mi primer libro (Entiéndame, Anagrama, 1995) era realmente difícil que un editor apostase por un libro de cuentos, sobre todo si era el primero. Los autores muy consagrados tenían la oportunidad de reunir los relatos publicados aquí y allá y cualquier editor hubiera querido publicarlos. Pero ese no era mi caso. Hoy, en este punto del camino en el que me hallo, tendría relativamente fácil publicar en cualquier editorial, pero lo difícil era cuando tenía 27 años y un manuscrito bajo el brazo. Esto es algo por lo que siempre estaré eternamente agradecido a Jorge Herralde. Los editores decían que no leían cuentos porque no los vendían. Hoy las cosas han cambiado gracias a una serie de editoriales independientes que vieron en unos manuscritos que no hallaban cabida en los grandes sellos un nicho interesante para explotar. Ellos han forzado que exista un mercado y un lector de cuentos. Y una editorial como Páginas de Espuma, que es un verdadero premio para los amantes de los cuentos, que ha hecho del cuento bandera y su especialidad, ha contribuido a que existan lectores y autores de cuentos.


Cuando tenía 27 años y un manuscrito bajo el brazo los editores decían que no leían cuentos porque no los vendían. Hoy las cosas han cambiado gracias a una serie de editoriales independientes

 

TA.: Me interesó una reflexión suya en la que decía “hemos perdido la capacidad para recuperar a escritores que no fueron reconocidos en vida”… ¿a qué crees que se puede deber este hecho?
MGT.: Sí, es algo que sigo pensando. Seguramente se deba a la falta de pausa, todo en el mundo contemporáneo es acelerado, y quien no prende de manera inmediata lo tiene muy difícil, porque no se permite el juicio mesurado, a largo plazo, ni siquiera el estudio, ni el dar una respuesta meditada. Yo recuerdo cuando un entrevistador terminaba la pregunta, a veces pasaban dos, tres o cuatro segundos hasta que, Borges, por ejemplo, empezaba a hablar. Parece que hoy en día esos cuatro segundos no te están permitidos, y lo estoy experimentando en la promoción del libro, te lanzas a contestar sin pensar a veces ni lo que vas a decir.

TA.: Quizá se deba a que hoy se busca también un tipo de libro que podríamos llamar ‘fast reading’, y esto se debe al mundo consumista que ya alcanza todos los aspectos de la sociedad…
MGT.: Sí, está claro que la lectura rápida conecta con la sensibilidad contemporánea, pero no por eso tiene que ser bueno, ni mucho menos lo mejor.

TA.: Dice que antes que escritor, se considera lector, y especialmente lector de cuentos. ¿Qué ha de tener para ti un buen cuento?
MGT.: Fundamentalmente la tensión define al cuento, ese grado de tensión que te lleva a no poder dejar el relato desde la primera línea. Me refiero a lo que comentábamos anteriormente en la comparación entre la novela y el cuento. Además tiene que significar más de lo que la propia letra indica, pero esto es un rasgo común a cualquier otro tipo de obra literaria. Tiene que ser una ventana que te permita ver más allá, poder imaginar qué hay detrás del horizonte que ves a través de ella.

TA.: Esto es todo. Espero que hayas tenido tus cuatro segundos de reflexión tras las preguntas…
MGT.: Sí, y te lo agradezco. No te des por aludido, a veces es uno mismo el que se atosiga tras varias entrevistas.

Recuerdo cuando un entrevistador terminaba la pregunta, a veces pasaban dos, tres o cuatro segundos hasta que, Borges, por ejemplo, empezaba a hablar. Parece que hoy en día esos cuatro segundos no te están permitidos

Entrevista realizada para la web cultural Culturamas

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Suplantación

Jul 11 2011

 


Como una si fuera lapa embadurnada de pegamento, el préstamo se había adherido a mi vida y no había manera humana de separarlo. Se fue haciendo más fuerte, contagiando a un virus de mi ordenador, a la avería de mi automóvil, a la pesadilla de mis madrugadas, hasta que un día se fundió en una lasciva orgía pecuniaria con la comisión de mi banco y mi hipoteca. Eso fue el principio del fin:  el azúcar de mis días se trasmutaba en sal, ensució cada servilleta con la que iba a limpiarme después de cada bocado y hasta cambió la hora de mi despertador las veces que fue necesario  hasta conseguir que me echaran del trabajo. Finalmente se hizo pasar por mí, absorbió mi cuenta del paro y usó mi abono de transporte hasta que desgastó la fotografía. Lo cierto es que ya no parecía. Me vi obligado a ir al médico, todo aquello me estaba consumiendo, pero -evidentemente- se me había adelantado, el préstamo le había chantajeado, y el doctor corrupto -¿quién no lo es ya?- me recomendó acudir a un psicólogo. Que eso eran fuerzas mayores, que los desafectos económicos sólo se curan a través de la hipnosis y el psicoanálisis y no sé qué más cuentos me contó. Por supuesto me negué. En rotundo, y acudí a la vía legal. Comprobé que también había embaucado a mi abogado… Hundido, a punto de ser desahuciado, me di por perdido. Impotente ya.

De modo que cedí. El trato era que se autocondonara a los seis meses, y a cambio le entregué mi nombre y mi edad. Él me hizo phising en el email y en la oficina bancaria virtual,  sustrajo mis amistades de Facebook y poco a poco fue haciendo lo mismo con las reales. Comenzó a ir a las reuniones sociales en mi nombre, y todos le respetaban. Pagaba las cuentas de todos con mi subsidio. Firmó que me dejaría en paz, que se condonaría alejándose de mí para alojarse en la vida de otros.  Al fin, conseguí que se despegara y poco a poco voy recuperando mi vida.

Esta mañana, al despertar en mi saco de dormir, en mi lado del puente había un sobre con mi nombre. Dentro, un documento lleno de letras pequeñas como hormigas. Seguro que es para él.

 

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Felicity

Jul 04 2011

Le puso a su hija Felicity. Cuando me lo dijo, con rostro ojeroso y amarillento, pensé que nombrarla así era su única opción para relacionarla con la felicidad. Decía que le daba igual quién fuera el padre. Yo no lo creía. Encendía un cigarro con la colilla de otro, me ha costado una barbaridad estar ocho meses sin fumar, me juraba. Había concertado tres entrevistas para que Felicity apareciera en un par de anuncios. En uno el bebé saldría en una playa mirando al mar; en el otro en un tacataca llorando. El primero era de un banco, el otro no lo tenía claro… de puré de patatas o alguna mierda del tipo. Si le salían, podrían vivir seis meses sin dar palo al agua, se congratulaba. Otro cigarro. Ellos se la llevan y le dan todos los cuidados. Me vendría bien un tiempo sola después de un parto tan complicado. Yo sentía angustia. La habitación estaba cargada de humo. Me levanté a abrir la ventana. ¿No sabes que puede desarrollar la alergia esa y ya no la soltará en su vida? No quise discutir. Miré a mi sobrina sobre el sofá. Estaba dormida.  Inmóvil. Como muerta.

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Entrevista a Inés Mendoza (escritora)

Jun 22 2011


“Desconectar es una pérdida de tiempo,  y yo quiero perderme la vida lo menos posible”


 

Los cuentos de El otro fuego (Páginas de Espuma, 2010), de Inés Mendoza, envuelven por una prosa con tintes poéticos y argumentos bien edificados. Hasta aquí todo normal. El problema -bendito problema- llega cuando, de repente, te das cuenta de que estás en el ojo de un huracán, y los anhelos, las dudas y las respuestas comienzan a brotar en tu cabeza. A pesar de su extensión aparente, este no es un libro breve, ni de fácil lectura. Los mensajes van enterrándose como semillas en el interior del lector, y si este lo comprende bien, se verá obligado a reflexionar, a cuestionarse el grosor de las aristas que delimitan las relaciones humanas, la necesidad de que existan esas barreras, lo que nos frena ante el impulso de desear romperlas… Si no lo hace, simplemente lo cerrará y comenzará otro. Y entonces se lo habrá perdido todo.

 

Trifón Abad: Decidí acceder al prólogo de Eloy Tizón después de leer el libro para no obtener ideas preconcebidas, y coincidí con él en bastantes aspectos. Una de ellas, y principal quizá en la estructura común de la obra, es la tendencia de los personajes a la huida, a romper una puerta para escapar de la rutina. Es ese el paso previo antes de entregarse a la imaginación, ¿por qué necesitamos huir de la cotidianeidad para acceder a otras realidades?
Inés Mendoza: Eloy Tizón define los cuentos del libro como planes de evasión. No se puede decir mejor. En realidad, ese leit motiv no fué premeditado, pero juraría que mis personajes huyen por lo mismo que yo: porque no creen que “ésta” realidad sea “la” realidad. Igual que Wells, pienso que lo que nos hace inteligentes es nuestra capacidad alquímica de cambiar, de “utopizar”, dicho así: como un devenir. No concibo la vida sin cambios; soy una utópica incorregible –quizá no quiera corregirme-, y mis personajes también.
Moverse duele, claro, pero para mí la vida no tendría interés sin ello. Por eso los personajes de mi libro recorren París o saltan por una ventana, aún a riesgo de que el Patiño de turno venga a aguarles la fiesta. Además, yo no entiendo lo utópico como algo imposible, sino como algo que aún no existe, pero existirá ¿cabe alguna duda sobre ello en este momento?
Fugarse, sí, pero para rebelarse, para recuperar el misterio y la vida. Es lo que persiguieron los románticos, y yo les sigo. Ni siquiera imagino una vida sin cambios, sin búsqueda, aunque todavía quede quien esté contento con su cárcel. Me temo que yo no lo estaré nunca. Intentaré escapar cuantas veces haga falta hacia a ese “sinlugar”.

 

TA.: Otra de las características que me ha llamado la atención de ‘El otro fuego’ es la noche como espacio. Idea que se hace quizá más patente en cuentos como Origami o Estación del destierro, ¿por qué funciona tan bien en estos cuentos que caminan de puntillas sobre la realidad?
IM.: Gracias por el elogio. Novalis dice que la noche es “el seno de la revelación”. Y yo cada vez me convenzo más de la dialéctica de lo nocturno, que sintetiza la vigilia y lo onírico en el ensueño, que reúne seres y cosas bajo la penumbra, y se parece tanto al caos organizado de la vida natural.
Durante las horas de la noche, estamos más profundamente a solas con nosotros mismos y a la vez más integrados en el mundo. Con la oscuridad, el misterio y lo imposible renacen, y el control panóptico del día puede burlarse. La noche es el gran cómplice ¿quién lo duda? de lo secreto, de lo erótico y claro, de la fuga, que como ya has visto, es una de mis manías. Además, soy un poco “búho”; me gusta la vida nocturna, tan sensual y mágica; soy muy noctámbula.

Ta.: La estructura de algunos cuentos hace que avancen casi como un rodillo, logrando un efecto de incertidumbre en el lector de modo que poco a poco la edificación va mostrando sus cimientos. Tal es el caso de Mutaciones u Origami. ¿Sabes a menudo hacia dónde se dirige el argumento cuando comienzas un relato, o te dejas llevar en torno a la idea primigenia?
IM.: La verdad es que no simpatizo con los planes (salvo que sean de fuga) o con cualquier cosa que encierre la vida en un corsé. No soy amiga del orden. Por eso mismo, y porque detesto aburrirme, no me trazo ningún programa cuando escribo. Casi siempre el principio de un cuento surge de una lectura (a veces de un sueño, como La Estela Nocturna) o de una frase que me viene. Naturalmente, luego estudio con qué recursos técnicos y poéticos puedo expresar esa idea, pero más de una vez me ha sorprendido la diferencia entre la primera y la última versión (normalmente hago muchas). Además, cada texto lleva un trabajo distinto: unas veces más en lo poético, otras en lo retórico, otras tengo que investigar (como Origami, para el que tuve que leer sobre la papiroflexia). Quiero decir, que no me gusta el orden pero sí el texto bien trabajado. Soy exigente con las correcciones y hasta las disfruto.

TA.: Algunos cuentos se nos presentan con una voz infantil como La estela nocturna o en un contexto de fábula como en Rosas amarillas, ¿qué opciones te abre el hecho de usar una voz que sale o tiene al niño como destinatario?
IM.: El narrador deficiente de La Estela nocturna pretende mostrar un estado de ánimo del personaje, no infantilizarlo. Y la atmósfera de fábula en Rosas Amarillas viene de los cuentos de Leonora Carrington, que me inspiraron este relato, dedicado a ella. Lo infantil no es lo mío, como no lo es el humor, aunque son dos géneros que respeto, claro. Pero si mis textos han de tener un destinatario específico, no podrían ser sino lectores adultos. Me da que no practicaré jamás el género infantil. Además, suelo escribir desde la rabia, el ardor o la tristeza. Cuestión de carácter, supongo.
Otra cosa es emplear una voz o punto de vista infantil como recurso. En mi opinión no suele dar buen resultado porque pone en peligro la verosimilitud. De cualquier modo, yo no lo uso. Ni siquiera el Grisha es mi favorito entre los cuentos de Chéjov, al que por otra parte leo bastante.

TA.: También nos encontramos títulos que presentan a la pareja como protagonista, bien afectando a un sólo personaje o a ambos, a veces en un estado de desunión (Origami), otras en cambio comparten un fuerte lazo como fin común (Motivos del sábado o A pesar de la lluvia). Me ha parecido interesante como concepto común en varios cuentos, ¿podrías hablarme un poco de esta idea?
IM.: Me encanta tu pregunta. Sí que hay una reflexión en mi libro sobre ciertas costumbres sociales y afectivas: el desinterés de muchas mujeres por lo que cae fuera de lo doméstico, la fe ciega en la agrupación familiar o matrimonial, etc.
No veo por qué una pareja tiene que llevar una vida aburrida. El protagonista de Origami vive con su esposa, pero es como si viviera solo ¿y por qué entonces no vive solo? En cambio las parejas de Motivos del sábado y A pesar de la lluvia tienen relaciones basadas en la complicidad, se tratan como compañeros, no como padres e hijos o “matrimonios”; se gustan, están dispuestos a cambiar. Una pareja es un devenir, no un contrato. Estamos en el siglo XXI y seguimos asustándonos por formas de vida que se salen de lo común (trío, poliamor, bisexualidad, etc.) De esa reflexión hablan los cuentos a los que te refieres.

TA.: Ha pasado aproximadamente un año desde que el libro se publicó. Habrás reflexionado mucho sobre él, en tu opinión, ¿qué relaciones comunes hallas en los cuentos que componen El otro fuego?
IM.: Creo que más o menos las que tú has apuntado: la reflexión sobre las convenciones, la utopía, temas relacionados con la cosmovisión romántica, el rechazo de la rutina, la necesidad de ruptura y cambio, la destrucción como principio creativo, la inteligencia sexual, el juego, el sueño; no sé…creo que mi visión del libro no ha cambiado, salvo porque algunas entrevistas y reseñas me han descubierto cosas en las que no había pensado. En cambio El otro fuego me ha hecho pensar sobre el libro que escribo ahora: no vivimos en el mismo mundo que hace un año, ni soy la misma persona.

TA.: En una entrevista decías “espero que mis cuentos sean así: un poco excesivos, un poco románticos, un poco extralegales”. Lo son, y tienen tienen una fuerte carga poética… ¿cultivas también este género “en la intimidad”?
IM.: No sabes la alegría que me das diciéndome eso, en serio. Hace ya muchos años que no escribo poemas. Digamos que los poemas (o los poemas en prosa) que podría escribir están dentro de mis cuentos. Yo trabajo los cuentos como si fueran poemas: musicalmente, por ejemplo. Y también en otros sentidos.

Los poemas que podría escribir están dentro de mis cuentos. Yo trabajo los cuentos como si fueran poemas: musicalmente

 

TA.: También leí que dijiste que algunos cuentos reflejan etapas de estados de ánimo concretos, ¿son los cuentos más breves del libro, casi microrrelatos, como Jardín, Cuento neoplástico, Un hombre con sombrero negro y La jungla del ojo ejemplos de esto?
IM.: Jardín se me ocurrió en un momento de “rabia contra el mundo”, que es algo que me pasaba mucho antes. La Jungla del ojo nació de un ejercicio de escritura automática. Pero me ha pasado más bien con cuentos largos, como Estación del Destierro. De hecho, empecé mi nuevo libro en un estado de rabia, pero ahora no siento eso, así que va a ser un libro muy diverso.

TA.: ¿Qué te aporta la escritura como vía de escape, como dosis de sosiego, como camino hacia la desconexión o la reflexión?
IM.: No creo que la literatura sea una forma de escape, prefiero verla como una máquina de inspiración. Un libro es un artefacto que pone a rodar el exceso, la experimentación, lo inimaginable, lo extraordinario; que siempre hacen falta para reencantar y transformar el mundo. Estoy convencida de que la literatura es una de las muchas prácticas que han cambiado la Historia: durante el traslado de los restos de Voltaire al Panteón de París, en tiempos de la Asamblea Nacional, el pueblo reconoció, dice Lamartine, su deuda de libertad con el escritor.
Claro que los libros (y aquí hablo como lectora) sosiegan y/o mueven a la reflexión, pero si eso se convierte en evasión o adormecimiento, habría que preguntarse si sigue siendo literatura. Lo de desconectar no me gusta; siempre me ha parecido que es una pérdida de tiempo. Y yo quiero perderme la vida lo menos posible.

 

TA.: La mayoría de las voces de este libro son masculinas. Margaret Astwood comentaba lo paradójico de que los hombres no acepten de buena gana ser descritos por mujeres, cuando los personajes más desagradables, viciosos y ruines de la historia literaria han sido escritos por hombres. Claro que esto fue en 1990, ¿es difícil hoy escribir desde el punto de vista de un hombre? ¿Te sientes cómoda?
IM.: Supongo que será difícil para algunas escritoras y fácil para otras. El narrador del Frankenstein de Mary Shelley es un hombre. Hoy también hay autoras que escriben desde puntos de vista masculinos. Y autores que lo hacen desde voces femeninas. Será porque las mujeres tenemos un “ánimus” y los hombres un “ánima”, como dijo Jung. No creo que haya mujeres totalmente femeninas ni hombres masculinos por completo, esas son identidades creadas por la educación.
Cuando escribo desde una voz masculina, es simplemente porque la “oigo” así. Y hasta en ese caso, pienso desde mis circunstancias concretas de mujer, que diría Beauvoir. Imagino que ciertas situaciones o ideas me despiertan el “ánimus” y entonces adopto una voz masculina. Otras en cambio me despiertan una voz femenina, y otras…quién sabe de qué genero.

Hoy también hay autoras que escriben desde puntos de vista masculinos. Y autores que lo hacen desde voces femeninas. Será porque las mujeres tenemos un “ánimus” y los hombres un “ánima”, como dijo Jung.

TA.: ¿Qué tal la aceptación recibida por los medios culturales de Venezuela? ¿Cómo está el sector literario en el país?
IM.: Me han hecho alguna entrevista allí (en El Nacional, por ejemplo) pero no creas que estoy muy informada sobre la literatura; después de todo, soy más de aquí que de allá, aunque tenga las dos nacionalidades. Como escritora y como arquitecta me he formado aquí. Aquí están mi compañero, mi casa, mis amigos, mis editores. Te diré un secreto: nunca como ahora me he sentido tan orgullosa de mi “mitad” española, de pertenecer a este pueblo valiente cuyo utopismo sorprendería al mismísimo Fourier.
Pero también soy venezolana, y no reniego de ello, claro. Me consta que hasta hace un par de décadas más o menos, en Venezuela la lectura y la escritura eran cosa de élites. Era imposible publicar. Había pocos talleres literarios y las librerías prácticamente sólo tenían best-sellers. El índice de analfabetismo y la pobreza extrema eran alarmantes. Me consta que la mayoría de esas cosas han cambiado mucho, como la pobreza y el analfabetismo. Allí están muy ocupados construyéndose. Y ese es un proceso lento. Apenas ahora han podido iniciar una labor cultural ardua y seguramente larga, como la recuperación del fondo de la editorial Monteávila, que es un logro enorme.

TA.: ¿Qué libro tienes en este momento en la mesilla de noche?
IM.: Suelo leer varios libros a la vez. Casi siempre uno es de ensayo y los otros dos de ficción o poesía. Ahora estoy leyendo El Romanticismo Ruso, de Carmen Fernández Méndez, que es un ensayo muy interesante. También estoy a punto de terminar la relectura de Luces de Bohemia. En cuanto a la ficción…bueno, no te lo vas a creer, pero estoy volviendo a leer el libro de mi compañero Ángel Zapata, Las buenas intenciones y otros cuentos, que acaba de reeditarse.

Nos encontramos en un momento que se presume clave socialmente. Están pasando cosas, se adivinan cambios, si no radicales sí al menos parciales. TA.: ¿Crees que la literatura y los escritores, como en otras etapas que han marcado puntos de inflexión en la historia, debería tomar partido de algún modo para favorecer esas revoluciones?
IM.: No tengo la menor duda. La mayoría de los artistas –escritores, pintores, arquitectos- o pensadores que me interesan han participado en los acontecimientos históricos de su tiempo, muchos incluso han sido revolucionarios o rebeldes: los surrealistas, los decadentes, los simbolistas, los románticos, Cortázar, Bernhard, Baudelaire, Calvino, Malévich, Gropius, Taut ¿Casualidad?, no creo.
Así, contra lo que suele pensarse, bastantes románticos tomaron partido por la Revolución Francesa. Hölderlin, Hegel y Schelling, por ejemplo, plantaron en Tubinga un “árbol de la libertad”. Tieck escribió sobre el alzamiento popular francés. Fue Schiller quien escribió la Oda a la alegría que Beethoven incluiría luego en su Novena sinfonía. Fichte defendió el derecho del pueblo a la revolución. Friedrich Schlegel apoyó la democracia directa, y Caroline Böhmer, miembro del Círculo de Jena, participó en la revuelta conocida como “República de Maguncia”.
Pero no sólo los románticos. Se sabe que Rimbaud estuvo en la Comuna de París. Varios surrealistas tomaron parte en rebeliones, como Peret, que luchó en la Guerra Civil española. Cortázar cedió los derechos de su libro Nicaragua, tan violentamente dulce a la Revolución Sandinista. Morris fue fundador de la Liga Socialista de Londres. Y Mirbeau, Maiakovski, Beauvoir, Neruda, Sartre. En fin, no sigo para no aburrir. Por eso, nunca he entendido que un artista se conforme con lo que hay. Y negar el valor transformador de la verdadera poesía sería inútil, además de ridículo: ahí está la Historia para demostrarlo.

Video Himno a la alegría 19-J

 

TA.: Estás en un periodo activo de escritura actualmente, ¿siguen tus historias la misma línea que la explorada en ‘El otro fuego’?
IM.: En parte sí sigo la misma línea de El otro fuego, pero ahora estoy escribiendo un libro distinto. Lo disfruto mucho, porque es algo nuevo –al menos para mí-. Sigo explorando. Digamos que es una variación dentro de mi tendencia romántica. Una línea más simbolista. Por ahora me gusta lo que va saliendo. Pero que conste que yo soy lenta, y corrijo mis textos con “guantes amarillos”.

 

Entrevista publicada en la web cultural Culturamas

 

 

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Viñetas sobre el movimiento 15-M y su actualidad

Jun 17 2011

Este post recoge una serie de viñetas que reflexionan de manera irónica o crítica sobre acontecimientos generados a partir del Movimiento 15M o relacionadas con aspectos de esta revolución ciudadana de índole pacífico. Todas ellas han sido publicadas en mi perfil de Facebook, y la mayoría desarrolladas conjuntamente con Francisco José Medina Morejón.

 

Cada uno de los títulos de la viñeta enlaza con una noticia que relaciona el sentido de la ilustración con el momento histórico al que se refiere. Los medios enlazados no corresponden a ninguna vertiente política o ideológica determinada, sino que han sido elegidos por su veracidad sobre el hecho noticioso a destacar.

 

1. Por sus fauces les distinguiréis

7 Junio 2011

 

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2.  Levantamiento = Crecimiento = Evolución

8 Junio 2011

 

 

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3. La hoguera (I)

9 junio 2011

 

 

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4. Cúpula

1o Junio 2011

 

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5. La hoguera (II)

10 Junio 2011

 

 

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6. En la farmacia

11 Junio 2011

 

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7. Sol en el corazón

13 Junio 2011

 

 

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8. El primer paso (Utopía)

15 Junio 2011


 

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9. Discriminación positiva

16 Junio 2011

 

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10. Les sobran los motivos

16 Junio 2011

 

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11. Un (no) nuevo amanecer

17 Junio 2011

 

 

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Si quieres utilizar la información de este blog, por favor, difunde los créditos.
Un ejemplo es poner al final de la entrada Compartido o visto en: www.trifonabad.com
¡Gracias!

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Entrevista a Isabel Mellado (Escritora)

Jun 07 2011

Hay momentos para el drama y para el humor.
Todo forma parte de la polifonía de la vida


Isabel Mellado (Chile) habla mucho y bastante rápido. Pero pronto hallo la explicación. Todo lo que dice Isabel, por caudaloso que parezca su discurso, confluye en la idea que desea transmitir: la del arte como forma de vida, como piedra angular sobre la que su existencia se apoya. Y esa idea es muy amplia. Gracias a la beca Karajan, Mellado pudo instalarse hace dos décadas en Alemania y perfeccionar su violín con el Concertino de la Orquesta Filarmónica de Berlín. La pasión de unos padres dedicados a la poesía ha calado en su voz narrativa, una voz que alcanza la empatía desde la primera historia con el lector, por la belleza de sus figuras y por el aroma musical que impregna cada cuento de ‘El perro que comía silencio’ (Páginas de Espuma).

Trifón Abad: Cuéntame, ¿cómo nació, creció y se hizo libro este perro hambriento de silencio?
Isabel Mellado: Mi padre es poeta, y supongo que de alguna manera la literatura estaría latente en mí. Pero no escribí este libro con afán de ser publicado, sino como una necesidad de expresión más. El ideal estético y el proceso de la creación escrita son bastante parecidos a lo que me sucede cuando estoy tocando. Yo viví en Alemania durante veinte años, y estaba rodeada de este idioma con tanta intensidad que sentí una necesidad profunda de escribir en español, y también de vivir en España. Al volver experimenté una especie de redescubrimiento del idioma, pero no sólo del idioma. Fue una etapa muy intensa, en la que di salida a un caudal que tenía que escapar. En este libro hay melancolía, crisis o abandono, pero por mi profesión como músico busco un contrapunto, un equilibrio, y de ahí surge ese otro aspecto más juguetón y optimista.

TA.: El lector se encuentra con un estilo poético, con una serie de similitudes entre la poesía y la música: frases cortas, muy rítmicas, una cadencia en ocasiones evidentemente musical… ¿es deformación profesional?

IM.: Sí, sin lugar a dudas lo es. Yo siento adoración por la melodía, no necesariamente la de un compositor barroco ni clásico. Pero es ese elemento el que hace que funcione bien la composición o bien la historia, cada una a su manera. Sí, tengo en la cabeza ese sentido estético. Te agradezco que me digas que esto ha quedado plasmado en los cuentos. Sería un gran logro. Pienso que es algo inconsciente, que no puede ser impuesto por tendencias o modas, sino que busco esa sensibilidad en la que me encuentre cómoda y sepa que estoy en el lugar donde he de estar. La libertad artística, en resumen, es fundamental.

TA.: Se respira en varios de los cuentos un humor trágico causados por desencuentros afectivos en la mayoría de los casos. Un drama salpicado de optimismo. ¿Crees que nos hemos acostumbrado tanto a esta realidad que ya nos la tomamos con un humor que requiere cierta resignación?
IM.: Sí, es posible, pero creo que es un humor creativo, un humor que quiere abrir una segunda puerta, que amplía las miradas. Ciertas clases de humor son también parte del arte, es absolutamente necesario, y dejan paso a reflexiones, a la búsqueda entre la conexión con el silencio o con el tiempo. “El perro que comía silencio” es un libro en el que se formulan preguntas, aparecen conflictos humanos que yo misma tengo como obsesiones, pero que espero equilibrado con el contrapunto de lo lírico. Aquí la comparación con la música es pertinente, porque podemos encontrarnos una sinfonía que parece oscura porque está en tono menor, pero llega la modulación y da paso al modo mayor, y vuelve luego a menor… Es como la vida, hay momentos para el drama y para el humor y todo forma parte de lo mismo. Es la polifonía de la vida.


TA.: Eres violinista de formación. ¿Podrías comparar el proceso de creación musical y el literario?
IM.: Me he sentido escritora verdaderamente mientras trabajaba en este libro. Fue un proceso de una enorme intensidad. Para mí escribir es una forma digna de no tocar el violín. Son los mismos mecanismos pero con lenguajes distintos.

TA.: ¿Sustituye la escritura tus necesidades creativas a nivel musical?
IM.: En parte sí, en ciertos momentos siento una conexión individual muy fuerte con la escritura, quizá más que con la música. Pero trato de subsanarlo y de mantener ambos caminos. La realidad principal para mí son las emociones, de ahí parte todo, no creo que la literatura que escribo sea muy fantasiosa, aunque lo parezca, es el mundo en el que vivo. Tenía una gran necesidad de expresión que se me antojaba insuficiente con la interpretación del violín.

TA.: Te imagino desarrollando mentalmente una historia mientras ensayas con el violín, y casi deseando terminar el movimiento para ponerte a escribir. ¿Me equivoco mucho? ¿Háblame de tu percepción del concepto de inspiración?
IM.: No vas desencaminado, ocurre algo parecido, aunque no es exactamente así porque las ideas no me abandonan fácilmente, así que no tengo la necesidad inmediata que comentas de dejar de tocar para escribir. Pero sí es cierto que cuando voy a los ensayos voy con todos los sentidos alerta, y lógicamente para la vertiente escritora el hecho de poder interpretar esa música tan maravillosa es un ejercicio de sensibilización que repercute de manera positiva en el acto de la narrativa.

De una pareja puedes llegar a conocer todo su pasado, pero del violín nunca lo sabrás. Y a este aspecto misterioso, hay que añadirle el hecho de que vibre contigo, de que se mimetice con el instrumentista

TA.: ¿Surgen ideas también de esos momentos?
IM.: Sí, a veces sí. La palabra inspiración nos da un poco de miedo porque suena como cursi, pero sí es verdad que ciertos cuentos surgen y no sabes explicar bien de dónde, y aparecen de repente en los conciertos. Siento que se me va acercando la idea, y me ronda varios días, también durante la interpretación. Además los músicos viajamos en el tiempo, porque tocamos piezas de compositores de muchas épocas y viajamos kilómetros y kilómetros, con lo que ello supone de bagaje desde un punto de vista creativo.

TA.: Hay un uso destacado de las personificaciones de animales y plantas, incluso encontramos un cuento donde las letras y símbolos ortográficos cobran vida y, por supuesto instrumentos musicales… ¿Te permite este distanciamiento ofrecer puntos de vista que no adquieres con los narradores más tradicionales?
IM.: Sí, me lo permite. Lo que quería contar necesitaba ese narrador desde el punto de vista técnico. Decir que aunque a veces nos sentimos tan solos, estamos en realidad muy rodeados. Tengo una percepción bastante cercana de objetos y animales, y por una parte creo que viene de mi relación con el violín. Lo conozco desde pequeñita, y nunca he compartido tantas horas con nadie como he compartido con este instrumento. No creo que tenga vida, pero sí sé que existió antes que yo. Suelen tener doscientos o trescientos años, y no sabes su currículum. De una pareja puedes llegar a conocer todo su pasado, pero del violín nunca lo sabrás. Y a este aspecto misterioso, hay que añadirle el hecho de que vibre contigo, de que se mimetice con el instrumentista, adquiere la calidad del intérprete… Es una razón muy íntima y sincera, que tiene también un aspecto casi erótico.

TA.: Esa imagen me recuerda al personaje de Lori Singer, en ‘Short Cuts’, la película que Robert Altman dirige sobre un guión adaptado de cuentos de Raymond Carver. Este personaje femenino es violonchelista y tiene algunas escenas en las que aparece interpretando que desbordan una gran sensualidad…


IM.: Sí, evidentemente ocurre, aunque también cae en el cliché que solicita la imagen corpórea, especialmente con el chelo. Hay un intercambio de susurros, la vibración de la madera… Ocurre, pero no es sólo esto, es compleja de explicar la impresionante sensación de alegría que proporciona hacer música. Es algo que traté de expresar en la segunda parte del libro. Si eres una persona individualista, cuesta ser parte de un grupo, e incluso ser parte de uno mismo, pero uno se rinde ante esto y aceptas ser una célula más del animal llamado sinfonía.

TA.: ¿Qué referencias tienes en mente a la hora de escribir?
IM.: Amigos me han dicho que ciertos textos se parecen a unos u otros cuentos, pero no me atrevería a hablar de referencias. Creo que es importante tener influencias pero no emplearlas para copiar un molde, esa idea no me atrae nada. Me gusta perseguir la idea de libertad, persigo que los cuentos sean míos. Si me equivoco me equivoco yo, no deseo perseguir una línea marcada, aunque claro que hay contaminación, además soy muy lectora y en especial de autores que cuidan mucho el lenguaje, como Onetti, Macedonio Fernández, Nabokov o Gógol. Sin embargo, y aunque luego no tengan nada que ver con la manera en que escribo yo, al final el estilo sí te acaba calando. Quizá por eso vivo en constante búsqueda de autores que tengan una voz nueva, que me aporte algo.

TA.: En cuanto a ‘Huesos’, la tercera parte del libro, son destellos de una enorme fuerza, bellos, hirientes, reflexivos. Una especie de aforismos. Se acompañan de dibujos, ¿son tuyos?
IM.:
Son bosquejos espontáneos. Uno le puede tener mucho miedo a la tela en blanco, así que lo hago en el teléfono. Surgió de manera inesperada. A mí me gusta leer en las pausas de los ensayos y un poco de intimidad, pero a veces los colegas no lo entienden, así que descubrí que con el teléfono en la mano conseguía que respetaran esa intimidad silenciosa, porque parecía que estaba escribiendo o leyendo algo muy importante y privado. Entonces descubrí este programita en el que se puede dibujar, y al hacer el primero me satisfizo. De modo que empecé con ello, y después pasé a darles nombre o a acompañarlos de frases y me entretuvo un montón. Esa es la explicación. Así de simple. 

 

Entrevista realizada para la web cultural Culturamas
Fotografía extraída de granadahoy.com

 

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